Desacelerando hacia el futuro

Mejor en bici

En la vorágine de la aceleración de la velocidad social de nuestras vidas cotidianas, hemos llenado nuestras ciudades y el imaginario colectivo de la supuesta necesidad de inmediatez, inundando nuestras calles de prisas, angustias y estrés, potenciados por los motores de combustión interna, promoviendo el aislamiento de la sociedad en cajas individuales de metal con al menos una tonelada de masa: el señor automóvil, que nos ha robado espacio para movernos, pero también para reconocernos y para convivir.

Ante la complejidad del problema, para muchas personas resulta sorprendente que sea una máquina modesta y generosa como la bicicleta la que puede venir a aliviar nuestra experiencia de ciudad, sin embargo estas letras que hoy se presentan y que usted podrá leer de manera periódica pretenden en el mejor de los casos reivindicar esta sencillez y resaltar la obviedad de su necesidad.

Pablo Fernández Christlieb, psicólogo social de la UNAM hace un elogio a la bicicleta en un ensayo referente a su velocidad, señalando que el problema actual de las ciudades, más allá de la contaminación, el tráfico, la inseguridad vial, que son síntomas más no causas, es precisamente el de la aceleración de nuestro estilo de vida y la articulación de las acciones colectivas al servicio de dicha aceleración.

En el debate de lo público, específicamente con referencia al desarrollo de nuestro hábitat, hemos dispuesto todos los mecanismos posibles para favorecer la productividad, la velocidad y la generación de riqueza material, sacrificando en el camino al camino mismo.

Al aumentar la velocidad, aumentan las prisas, las desigualdades y la individualización de nuestras vidas. Entre más elevado el ritmo de vida, más difícil es alcanzar al de al lado; más complicado concentrarnos en nuestra propia conciencia de lo cotidiano. Absortos en nuestra búsqueda de liquidez y solvencia, convertimos las calles en meros espacios de tránsito y no de estancia.

En carreteras, que, como diría Milán Kundera, desvalorizan el espacio, pues sólo cobran sentido en relación con los puntos que unen, olvidándonos del camino y todo lo que hay entre el origen y el destino. Es aquí donde la bicicleta llega a recordarnos que la lentitud nos regresará la plena conciencia de que el viaje es el destino y que nuestras vidas ganan plenitud no en nuestros logros, sino en el camino hacia ellos.

Mejor en Bici es una frase acuñada por algún héroe o heroína anónima que con voz de sensatez y sabiduría, profetiza una realidad que en muchas ciudades latinoamericanas está en una etapa de redescubrimiento: hay que recuperar las calles para las personas, y en esta tarea la mejor referencia que tenemos es la cotidianidad que generaciones pasadas tenían. Una experiencia de vida urbana colectiva, desacelerada, llena de interacciones cara a cara, y la bicicleta se presenta como una de las herramientas más poderosas para virar el rumbo del crecimiento de las urbes hacia un futuro que asemeja mucho los recuerdos de la niñez que algunas personas todavía tenemos, jugando en las calles, raspando nuestras rodillas y encontrándonos con conocidos y desconocidos en aquel primer paseo manteniendo el equilibrio sobre dos ruedas o paseando por las calles de nuestras colonias y barrios, por el mero gusto de bañarnos de la vida pública que nos rodea.

Hoy esta columna se presenta ante usted con ánimos de conmover y demostrar desde la pasión y la razón, cómo es que la bicicleta como bandera de lucha, irremediablemente nos ayudará a regresar a las personas al centro de la acción pública y servirá como vehículo hacia un futuro en el que nuestra experiencia de ciudad será más holgada, sencilla y despreocupada, para que, como Christlieb plantea, nos movamos a la velocidad de nuestros propios pensamientos.

 

 

 

Armando Pliego Ishikawa

Comunicólogo, estudiante de ciencia política y administración pública. Urbanófilo.

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